¿Qué haríamos si, en una noche de lluvia, en una ruta en el medio de la nada, vemos una mujer mareada, errante, sin precisión de lo que le ha pasado y llena de sangre? La situación, describe lo que le ocurre a Mario, uno de los personajes protagónicos de La Guarida. Seguramente la respuesta de cada lector sea diferente; porque cada uno de nosotros, no solo está atravesado por su circunstancia, sino también por una variable que poco valoramos en el presente que nos contiene; justamente, el momento en el tiempo.
Hay un viejo dicho en Argentina que asegura que analizar lo que ha ocurrido con el diario del lunes, no es justo, haciendo alusión a que, frente a los hechos, una vez que estos han ocurridos, es fácil opinar y sentar juicio al respecto.
¿Debería reformular la pregunta entonces? Creo que sí, tal vez conviniera para probar la alteración del resultado, sumarle a la cuestión un elemento urticante… ¿Qué haríamos si, en una noche de lluvia de la inmediata España posfranquista, en una ruta en el medio de la nada, vemos una mujer mareada, errante, sin precisión de lo que le ha pasado y llena de sangre? Sin dudas las respuestas serían otras, abundando varias y más divergentes.
Como fuere, Mario, encuentra a una mujer desorientada, fuera de sí; sin recordar siquiera quién es. La sube al auto y, en medio de la tempestad opta por buscar ayuda, decidiendo parar en el primer sitio que encuentre para notificar la situación a las autoridades. Al borde de un camino vecinal, se topan con el bar La Guarida (denominación más que auspiciosa y llena de simbolismos que toman relevancia hacia el final del filme). En esa taberna de ramos generales, en ese refugio impensado, de buenas gentes, simples y cordiales, son recibidos con calor y premura; desconociendo que, ese abrigo del principio, se desgranará en una siniestra congoja devenida en violencia, al filo de una verdad irreconciliable.
La opresión creciente (esa atmósfera aglutinante, lenta y enrarecida) es mérito de Joan Abelló, el guionista que disfruta ambientando una bella y costumbrista escena rural para degradarla en pesadilla. La receta es simple; un autor anónimo español, expresó en los albores del siglo XX: “Quitadle la esperanza del corazón al hombre y haréis de él, un animal de presa”. El ser y el deber ser, siempre pugnaron; pero en 1976, en el marco de la noche de transición, ante una pérdida de dolor inimaginable, la situación arrenda en cualquiera las ínfulas de la locura, más, cuando se trata de resarcir la propia sangre.
Todos y cada uno de los estereotipos se ralentizan; lo expectante se vuelve de culto y, aunque podamos (o sintamos) prever el final, estamos preparados para un milagro que grite que todo no sea como sabemos que pueda llegar a ser: un sacrificio órfico, una vorágine inacabable de lobos en la piel angustiada de hombres y mujeres grises que jamás forjaron una venganza, pero que creen que lo funesto, así se los ha encomendado…
No me extraña que Raúl Cerezo esté detrás de este cortometraje impecable, de excelente fotografía, dirección actoral y narrativa conceptual. Lo dirige la lente precisa y oscura de Iago de Soto, quien, con sentires extremos expresados sutilmente, logra que el sacrilegio sea legítimo, en virtud de acallar los demonios de almas transida por el dolor.
Brillante.
Fernando Quiroga
Argentina, octubre de 2020
En el cortometraje "La Guarida", Iago de Soto aborda la desesperación y la ejecución como dos caras del mismo óbolo; el que se desprende de la dádiva de la venganza.
Fernando Quiroga