Análisis

La Habitación Blanca

A veces no hay noticiero más revelador, que una pesadilla oportuna. De eso, trata La Habitación Blanca, un excelente cortometraje de Carlos Moriana, producido (como tantos de culto) por Raúl Cerezo.

No debe haber nadie entre los lectores pertinentes de este espacio, que no haya confiado en algún momento de su vida, en la factibilidad reveladora de los sueños. Ya sea como estandarte de propicios develamientos o simples chispazos creadores, desde que el ser humano transita la sólida complejidad del pensamiento abstracto, le ha otorgado, al universo onírico, un halo de consideración más que trascendente.

La religión (innecesaria transversalidad que divide), sin obtener grandes resultados, intentó explicar los sueños con la semiótica (sagrada y ridícula) propia de la parafernalia de los dogmas. Cada vez más (y desde que lo holístico se abrió paso a través del sincretismo) la humanidad discurre en que el sueño es mucho más que tierra fértil para el psicoanálisis; tal vez, todo sea más simple, y coexista como puente sobrenatural para arribar a otros.

Fundamentalmente, y más allá de otras consideraciones morales sobre la privación ilegítima de la libertad, La Habitación Blanca es un claro alegato a la desacreditación como fortaleza. En un cortometraje prolijo, cuidado y taxativo, Carlos Moriana, aborda la puja entre una psiquis aparentemente quebrada y el desparpajo del cinismo.

La imaginación encendida, aparente producto del desequilibrio y la alegoría de una conciencia como espacio que aloja fantasías reconfortantes, incrementan el valor de las líneas escritas por el mismo Moriana en positiva connivencia con Raúl Ánsola, de quien se desprende el relato literario original.

Una madre comienza a soñar con su hija muerta hace unos años. Con comprensión y (por qué no) con un dejo de condescendencia, asistimos como espectadores al derrumbamiento psicológico de la mujer. Sin embargo, en el marco de un mundo que la ve (si, la ve como nosotros) camino al fatídico desconsuelo, comienzan sus visiones oníricas; las que le revelan sendas particularidades que, sin prisa, pero sin pausa, incomodan enormemente a todo el entorno. Cada vez que declara que siente viva a su pequeña, con los rasgos que hoy tendría – afirma -, y confinada a una misteriosa habitación blanca, crece la tirantez de propios y ajenos.

¿Delirio o realidad? Con una tensión que va in crescendo, y evocando la asepsia cotidiana de Hitchcock, la mesura gélida de Polanski y el thriller costumbrista (si se me permite la construcción neológica como género), el filme de Carlos Moriana (versión libre del relato homónimo incluido en la antología Los Columpios del Cementerio), guarda para el espectador diestro, mucho más que lo que declara a simple vista.

En ciertos espacios iniciáticos se denomina “Cámara del Medio” a nuestra idealización del aparato psíquico. Tal vez, hemos subestimado tanto la materialidad del vínculo madre-hija, como todo lo que concebimos como real.

Quizá, más allá, habrá todo un oasis de libertades esperándonos para redimirnos de las convenciones asfixiantes de un occidente negado a la espiritualidad como respuesta, a lo sobrenatural como camino y al develamiento de lo oculto, como respuesta final.

No se pierdan La Habitación Blanca.

 

Fernando Quiroga

Argentina, octubre de 2020

A veces no hay noticiero más revelador, que una pesadilla oportuna. De eso, trata La Habitación Blanca, un excelente cortometraje de Carlos Moriana, producido (como tantos de culto) por Raúl Cerezo.

Fernando Quiroga

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